miércoles, 19 de junio de 2013

CINE FORO ARMANDO ROJAS GUARDIA CON CARLOS LUIS AZUAJE

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El Libertador Morales: El Justiciero

De La Fundación Villa del Cine emerge Libertador Morales, el justiciero (2009), opera prima de Efterpi Charalambidis, que narra las aventuras de un mototaxista muy sui generis quien durante el día transita las calles de la ciudad y por las noches, se transmutaen un héroe oculto tras un traje negro que cabalga una moto de alto cilindraje haciendo justicia. Efterpi es autora de cortos como El Chancecito (2003) producido por el Centro Nacional Autónomo de Cinematografía (CNAC), galardonado por la distribuidora New Line Cinema con el Premio a la Mejor Dirección y por el canal de televisión Lifetime Television con el Premio a la Mejor Directora entre otros reconocimientos importantes.


La concepción del guión de Libertador... empezó en 2004 luego de que recibiera el aporte del CNAC para su desarrollo, y posteriormente seguir creciendo con la asesoría de los reconocidos guionistas Gustavo Michelena, Henry Herrera y Frank Baiz quienes dieron un aporte extraordinario a la historia. Rodada casi en un 90% en exteriores y en pleno corazón de Caracas, esta cinta se sitúa en parroquias y calles aledañas del centro, lugares donde se desenvuelve nuestro héroe mototaxista interpretado por Rafael Gil, formado en la Compañía Nacional de Teatro, integrante de los grupos Escena de Caracas y Dramo de Venezuela, y con experiencia en algunos cortometrajes que han sido premiados. La música está a cargo de Aquiles Báez, guitarrista arreglista y compositor; la Dirección de Arte fue hecha por Matías Tikas y la Fotografía por Rigoberto Senaraga, parte importante del equipo de realización de la cinta. También vale la pena resaltar la incorporación de las comunidades que, por su identificación con la historia, se sumaron al equipo de rodaje participando como extras en diversas escenas de la parroquia.


Sartre y el Teatro: Algunas claves de su Teoria

Cuando Sartre piensa en el teatro, lo concibe como un mundo cerrado sobre sí mismo. Y este mundo, en tanto cerrado, es inaccesible. El espectador se encuentra absolutamente afuera y su rol se reduce exclusivamente a contemplar. En este sentido el espectador no existe sino como visión pura y el placer que este experimenta se deriva del hecho de que su deseo de distancia se ve plenamente satisfecho. El sentido mismo del teatro es presentar el mundo humano con un distanciamiento absoluto, infranqueable. Esta distancia que se genera entre el espectador y el teatro como un mundo cerrado debe aceptarse y debe presentarse en toda su puridad, en el desempeño actoral mismo. Aunque el espectador puede participar emocionalmente, el curso de la acción siempre se le presenta desde un lugar al cual él nunca puede acceder y de ningún modo puede modificar.
Para definir mejor este concepto de distancia en el teatro Sartre lo compara con otras formas artísticas, como la novela y el cine. En la novela, la conciencia del héroe es mi conciencia: la identificación es por lo tanto absoluta. En el cine, en cambio, se produce cierta ambigüedad: mientras que a veces el ojo de la cámara se intercala como testigo impersonal entre el espectador y el objeto contemplado (generando así una distancia rigurosa entre el sujeto y el objeto), muchas otras veces el ojo de la cámara se identifica con el ojo del héroe (disolviendo completamente la distancia entre sujeto y objeto).
A diferencia de la novela (en la cual la identificación de la conciencia del lector y la conciencia del héroe es total) y del cine (en el cual a veces se la distancia se mantiene y otras veces se anula), en el teatro la distancia es absoluta. El espectador ve siempre con sus propios ojos y permanece siempre en el mismo plano, en el mismo lugar. El personaje es definitivamente el otro. Sin embargo no es el otro de un modo absoluto: en la vida el otro no es sólo aquel a quien yo miro, es también aquel que me mira. En el teatro, el personaje, es decir, el otro, no me observa jamás. Y dado que considera que esta cualidad de distancia es esencial, constitutiva del hecho teatral, Sartre critica aquellas puestas que involucran más de lo debido al actor y al público, es decir que tienden a reducir la distancia entre el actor y el espectador. E inversamente valora aquellos espectáculos que se realizan sobre la convención de teatro dentro del teatro.
En estos casos se logra un efecto de teatro puro a la segunda potencia; y el secreto del placer que se reside precisamente en el deseo de distancia del espectador, que gracias a esta modalidad se ve satisfecho en grado sumo.